Divulgación científica
Nitrógeno bajo llave
Los días de deshierbe empezaban temprano, cuando el sol apenas asomaba y la milpa seguía mojada de rocío. Mi papá nos llevaba a la milpa a quitar la hierba mala a mano, mata por mata, entre los surcos de maíz. Después venía lo que llamábamos “tirar abono”: puñados de urea en pellets —unas bolitas blancas, como de sal pero más grandes y redondas— que dejábamos caer cerca de la caña, nunca sobre ella, y jamás en la cima —ese cogollo tierno que apunta al cielo como un agujerito—, porque se quema. Mi papá lo sabía sin haber abierto un solo libro de fisiología, y tenía toda la razón.
Yo llevaba unos huaraches con suela de llanta. Al final de la jornada, entre el rocío de la mañana y el sudor de la tarde, mis pies quedaban como disueltos, feos, casi heridos. No me gustaba nada de aquel trabajo, nada nadita —y sin patalear, decía mi papá—. Nada, salvo una cosa: la hora de la comida. Ahí, con el lonche que mi mamá nos mandaba en su canasta de carrizo, el rancho se volvía otra cosa. Comíamos sin prisa, y después el mundo era mío. Miraba los mezquites, los becerritos, mi cielo azul, las hormigas de paseo cargando un insecto patas p’arriba. Y me trepaba como chango por la goma de mezquite, esa que escurre del tronco y sabe dulce. Era toda una excursión: había que tener ojo de cazador de tesoros, rastrear el brillo entre la corteza desde el suelo y luego trepar por él. Dulces gratis que el monte le regalaba a quien supiera mirar. Para mí eran oro.
No lo sabía entonces, pero en ese pedazo de tierra —el que pisaba de chico cuando había labor que hacer— convivían tres respuestas distintas a un solo problema. Un problema que tiene que ver, muy de cerca, con el aire que respiras en este instante.
Empecemos por una paradoja. El 78% del aire que nos rodea es nitrógeno. Está en todas partes, es abundantísimo y es gratis. Y sin embargo, para una planta, es casi como si no existiera.
El nitrógeno es un ladrillo imprescindible de la vida: sin él no hay proteínas, no hay ADN, no hay clorofila (el pigmento verde con que la planta atrapa la luz). Pero el nitrógeno del aire viene amarrado en una molécula —el N₂, o nitrógeno molecular— con un triple enlace tan fuerte que es de los más difíciles de romper en toda la química. Está, literalmente, bajo llave. Ni las plantas ni los animales tenemos la herramienta para abrir ese candado. Solo un puñado de microorganismos posee la enzima capaz de hacerlo —la nitrogenasa, una llave molecular—, y no es tarea sencilla: es un trabajo delicado y costoso, y para colmo la enzima se envenena en cuanto la toca el oxígeno. Las plantas únicamente pueden aprovechar el nitrógeno una vez que alguien más ya abrió el candado y lo convirtió en algo digerible.
El aire está lleno de nitrógeno, pero bajo llave: solo unas bacterias saben abrirlo.
¿Y nosotros, los humanos? Nosotros forzamos la cerradura a lo bruto. A principios del siglo XX inventamos una forma de romper ese triple enlace a fuerza de presiones y temperaturas enormes: el proceso Haber-Bosch, que hoy consume entre el 1 y el 2 por ciento de toda la energía del planeta. De esa fábrica sale la urea. Los mismos pellets que yo dejaba caer entre los surcos eran nitrógeno arrancado del aire a fuego y presión.
Y mientras nosotros incendiamos el mundo para arrancarle un poco de nitrógeno al aire, una bacteria invisible hace lo mismo en silencio, a la temperatura de una tarde cualquiera, dentro de una raíz. Sin fábrica. Sin ruido. Sin humo.
Y la milpa de mi infancia —resulta— ya conocía ese camino más amable. Lo conocía desde hacía miles de años. Desde enantes, dice mi abuelita.
La próxima vez que tengas cerca una planta de frijol, hazte un favor: arráncala con cuidado y sacúdele la tierra de las raíces. Si te fijas bien, verás unas pequeñas protuberancias pegadas a lo largo de ellas, como perlitas o verruguitas: son los nódulos. Toma uno, ábrelo con la uña, y te encontrarás con algo que no esperarías bajo el suelo. Por dentro es rosado, casi rojo, del color de una herida fresca.
Ese color es la primera pista de uno de los tratos más antiguos y elegantes de la naturaleza.
Dentro de esos nódulos vive una bacteria —el rizobio— que tiene justo la llave que a la planta le falta: la nitrogenasa, la enzima capaz de abrir el candado del nitrógeno molecular. El frijol no sabe fijar nitrógeno; el rizobio sí. Así que hacen negocio. La planta le construye a la bacteria una casa, el nódulo, y la mantiene: le paga con azúcares —energía pura del sol— para costear ese trabajo tan caro. La bacteria, a cambio, le entrega nitrógeno ya abierto, listo para usarse. Carbono por nitrógeno. Techo por renta. Una economía subterránea que lleva millones de años funcionando sin un solo billete.
Bajo tierra, plantas y microbios llevan millones de años comerciando: azúcares por nitrógeno.
¿Y el color rosado? Ahí está lo más bonito. Ese pigmento se llama leghemoglobina, y no es casualidad que se parezca tanto a la palabra “hemoglobina”. Son primas: ambas son globinas, ambas guardan un átomo de hierro en el centro, y por eso el nódulo es rojo por la misma razón que lo es tu sangre. Pero aquí viene el giro. Tu hemoglobina reparte oxígeno por todo tu cuerpo; la leghemoglobina hace casi lo contrario. Recuerda que la nitrogenasa se envenena con el oxígeno: si le entra aire, deja de servir. Entonces la leghemoglobina lo atrapa y lo mantiene bajísimo, secuestrado, y lo suelta con cuentagotas, apenas lo necesario para que la bacteria respire sin arruinar su preciada enzima. Es una esponja roja que se traga el oxígeno de más, para que la enzima pueda trabajar en paz.
Y aquí es donde mi propia infancia me tenía guardada una sorpresa. El frijol no es el único que sabe hacer este trato: toda una familia de plantas, las leguminosas, le hacen al mismo business. El chícharo, el haba, el trébol, la soya… y el mezquite. Sí: aquel mezquite al que me trepaba como chango a robarle la goma dulce era también, sin que yo lo supiera, una fábrica de nitrógeno. Sus raíces guardan los mismos nódulos, el mismo pacto con los mismos rizobios. Por eso los mezquites, en pleno semidesierto, van dejando a su alrededor “islas de fertilidad”: manchones de tierra más rica donde otras plantas prosperan, como si el árbol le repartiera comida a su vecindario. Y no solo reparte tierra buena: sus flores le dan a las abejas un néctar generoso —en el rancho teníamos colmenas, y la miel de mezquite tiene fama de ser de las más finas—. Un árbol, y a su alrededor la vida entera florece.
La fábrica de nitrógeno que los humanos inventamos hace apenas un siglo, la vida la traía andando desde siempre. Y la milpa lo sabía.
Asómate a una milpa de verdad y no verás lo que un campo industrial te enseñó a esperar: hileras interminables de una sola planta, todas idénticas, todas solas. En su lugar, verás un enredo. El maíz levantándose derecho hacia el cielo; el frijol trepando en espiral por su caña, usándolo de escalera; y a los pies de ambos, la calabaza tendida, con sus hojas enormes cubriendo la tierra. Parece desorden. Es coreografía.
Aquí hay que aclarar algo, porque es una confusión muy común —yo mismo crecí con ella—. Mucha gente usa “milpa” como sinónimo de “maizal”, o hasta de una sola planta de maíz: mi papá decía “no me pises la milpa” señalando una mata sola. La palabra viene del náhuatl y nombraba, en efecto, la parcela sembrada. Pero lo que los pueblos del centro y del sur de México llaman milpa —y lo que la hace especial— no es el maíz a secas, sino la asociación: varias especies sembradas juntas que se sostienen unas a otras. Confundir la milpa con un campo de puro maíz es como confundir una orquesta con un solo instrumento.
El maíz, el frijol y la calabaza forman el corazón de la milpa, y su convivencia es un tratado de ayuda mutua. En el norte del continente, los pueblos originarios bautizaron a este trío “las tres hermanas” —un nombre que en México casi no usamos, pero que retrata bien lo que son: familia que se cuida—. El maíz le presta al frijol el tronco que a este le falta para trepar hacia la luz. El frijol, ya lo sabemos, fija nitrógeno con sus rizobios y alimenta a las tres. Y la calabaza extiende su follaje como un manto que le da sombra al suelo, guarda la humedad y ahoga a las malas hierbas; sus tallos y hojas, ásperos de pelillos rígidos, le complican la vida a más de un insecto hambriento. Y hay una defensa mayor, que no es de ninguna de las tres por separado: en una milpa revuelta, las plagas se confunden. Un monocultivo es un bufet de una sola cosa; la milpa, un enredo que desorienta.
Pero la milpa es más generosa que tres. Entre sus surcos crecen también el chile, el tomatillo —el tomate de cáscara, ese de la salsa verde que tanto nos gusta— y los quelites: esas hierbas comestibles que el ojo industrial llamaría “maleza” y que en realidad son verdura regalada. Muchas de estas plantas fueron domesticadas juntas, a lo largo de miles de años, en una danza que ya te conté antes. La milpa no es un cultivo. Es una comunidad. (Si te la perdiste: ¿Quién domesticó a quién?)
Y como toda comunidad, tiene una economía subterránea que no se ve. Ya conocimos una de sus monedas: el nitrógeno que el frijol, con ayuda de sus bacterias, le arranca al aire. Pero hay una segunda, igual de antigua. Casi todas las plantas de la milpa tienen las raíces enredadas con hongos —las micorrizas— que se extienden por el suelo como una red de hilos finísimos, muchísimo más lejos de donde la raíz podría llegar sola. Esos hongos le llevan a la planta fósforo y agua. (Sí, el mismo fósforo de los cerillos; pero en la planta no sirve para prender fuego, sino para armar el ADN y para fabricar la moneda de energía de cada célula.) La planta les paga, otra vez, con azúcares del sol. (Un trato más honrado que el mío con el mezquite —que me perdone Dios—, al que nomás le robaba la gomita sin dejarle nada a cambio.) Dos tratos distintos, dos nutrientes distintos, la misma lógica: nadie se basta solo, todos comercian.
Mi papá llevaba esa economía sin haberla estudiado en ningún lado, solo con lo que la tierra le había enseñado. Un año sembraba maíz; al siguiente, en el mismo terreno, frijol. De niño yo creía que era nomás una de sus ocurrencias. Ahora sé lo que hacía: dejar que el frijol y sus bacterias volvieran a llenar de nitrógeno una tierra que el maíz había vaciado. Buena parte de esa riqueza se libera cuando las raíces, los nódulos y los restos del frijol se descomponen en el suelo, y por eso la tierra queda lista para el maíz que viene. Pero lo valioso no es la descomposición en sí —cualquier planta, al deshacerse, devuelve algo de lo que tenía—, sino lo que el frijol había dejado ahí: nitrógeno nuevo, tomado del aire por sus bacterias, que antes no estaba en ese suelo. Por eso el terreno queda más rico que si solo se hubiera sembrado maíz. En el rancho a esto se le dice “dejar descansar la tierra”; la ciencia lo llama rotación de cultivos. La sabiduría ya estaba ahí; la ciencia nomás la nombró.
La milpa, entonces, no es una huerta bonita. Es una tecnología: una de las más sofisticadas que ha inventado la humanidad, y la inventó sin laboratorios, a puro ojo, paciencia y conversación con la tierra.
Volvamos, por un momento, al mejor rato de aquellas jornadas: la hora de la comida. La canasta de carrizo tenía su propio ritual. Mi mamá mandaba las tortillas, los frijoles en su cazuelita, la salsa por un lado y el queso por otro. Y ahí, en pleno terreno, con hambre de trabajo y el sol pegando duro, cada quien se armaba sus tacos: frijol, queso, una cucharada de salsa. Aquello no sabía a lonche. Sabía a gloria.
Y resulta que ese taco —el más humilde, el de diario, el que se hace con lo que hay— era, sin que ninguno de nosotros lo supiera, una obra maestra de nutrición.
Empecemos por la pareja de siempre: maíz y frijol —esos frijoles que en mi familia, medio en broma, ascendíamos a “suculentos camarones de surco”—. Cada uno, por su cuenta, es una proteína incompleta. El maíz es pobre en dos aminoácidos —la lisina y el triptófano— que el cuerpo necesita y no sabe fabricar solo. El frijol, en cambio, va sobrado de esos dos… pero es pobre en otro, la metionina, que el maíz sí tiene en buena cantidad. Júntalos en un mismo taco y se completan uno al otro: entre los dos arman una proteína completa, comparable a la de la carne. No es casualidad que sean la dupla que sostiene a México desde hace milenios. (Otra vez las alianzas: hasta en el plato.)
Y la tortilla misma esconde otra proeza. El maíz se nixtamaliza —se cuece con cal— antes de volverse masa, un paso que parece de cocina pero que es química fina: desbloquea nutrientes que en el grano crudo el cuerpo no podría aprovechar. Esa historia te la conté a fondo en ¿Quién domesticó a quién?; aquí basta con decir que, sin ese invento milenario, el maíz por sí solo no habría podido sostener a civilizaciones enteras.
Y todavía falta el chile, que no está ahí nomás pa’que pique sabroso: su vitamina C ayuda al cuerpo a absorber el hierro del frijol, que sin ella se aprovecharía a medias. El queso pone lo suyo de proteína y calcio. Nada en ese taco está de adorno; cada ingrediente cumple una función.
Súmalo todo: proteína completa, hierro que sí se aprovecha, calcio, fibra, energía. Una comida balanceada, afinada a lo largo de miles de años de prueba y paciencia, servida en una canasta de carrizo. Y —detalle no menor en el México de hoy— sin un solo sello negro de advertencia nutricional. El taco de la milpa no necesita advertirle nada a nadie: es justo lo contrario de un producto ultraprocesado. No esconde nada, no le sobra nada, no engaña.
Y si te parece que ya es mucho —que un sistema de siembra te alimente entero, te repare la tierra y te ahorre el fertilizante—, todavía falta lo mejor. Porque en un rincón de Oaxaca, el maíz guardaba un secreto que nadie, ni la ciencia, vio venir.
En la Sierra Mixe de Oaxaca, en laderas empinadas donde el maíz crece hasta cinco metros de alto, el pueblo mixe —los ayuujk— siembra desde hace siglos unas variedades a las que llaman olotón. Son maíces gigantes y tardíos —tardan más de medio año en madurar—, y durante generaciones fueron un misterio incómodo para quien los miraba con ojos de agrónomo: crecen enormes y sanos en tierras pobres, sin apenas fertilizante. ¿De dónde sacaban el nitrógeno?
La respuesta tardó décadas en llegar, y cuando llegó, dejó a la ciencia con la boca abierta. Esos maíces, muy arriba del suelo, sacan del tallo unas raíces aéreas que gotean un gel espeso, brillante, casi como baba: el mucílago. Durante mucho tiempo pareció una rareza sin importancia. Pero dentro de ese gel vive una multitud de bacterias, y esas bacterias hacen exactamente lo que hacen los rizobios del frijol: fijar nitrógeno del aire. El olotón, resulta, había resuelto por su cuenta el problema del nitrógeno —el mismo que en la milpa resuelve el frijol— sin necesitar a nadie más. Se fabrica su propio fertilizante —con la ayuda de sus bacterias—, colgado en el aire.
Cuando por fin se midió, el resultado fue de no creerse: ese gel y sus bacterias le aportan a la planta entre el 29 y el 82 por ciento de todo el nitrógeno que necesita. Un maíz que se alimenta, en buena parte, del puro aire. La misma alianza del nódulo rosado, la misma vieja idea de la vida —te ayudo si me ayudas—, ahora escrita en las raíces aéreas de un maíz oaxaqueño.
Y aquí conviene detenerse, porque la historia tiene una segunda cara que no es de biología, sino de justicia. Ese maíz no apareció solo: lo criaron, lo cuidaron y lo heredaron, generación tras generación, las comunidades de la Sierra Mixe. Lo que la ciencia llamó “descubrimiento” fue, en realidad, el reconocimiento tardío de un saber que ya existía. Y apenas el mundo se enteró de lo que ese maíz podía hacer, llegó el despojo. En 2005, un primer acuerdo con la Universidad de California le prometía a la comunidad de Totontepec la mitad de las ganancias. Diez años después, cuando el negocio se puso serio, ese convenio fue reemplazado por otro: ahora la contraparte era una empresa creada por la trasnacional Mars —la de los chocolates— específicamente para explotar el olotón, y a la comunidad le tocaría el 1%. Del cincuenta por ciento al uno. El acuerdo se mantuvo en secreto casi una década, hasta que una fuente anónima lo filtró.
Y hay algo peor. El olotón no es propiedad de un solo pueblo: se siembra en muchas comunidades de Oaxaca, y variedades parecidas llegan hasta Guatemala. Pero el convenio se firmó con una sola comunidad, dejando fuera a todas las demás que habían criado ese maíz durante siglos. Es, dicen los investigadores que analizaron el caso, la falla más grave de todo el asunto: repartir lo que pertenece a muchos preguntándole solo a unos cuantos.
Las comunidades de Oaxaca respondieron a su manera. Reunidas, entregaron las semillas del olotón a La Vía Campesina —la red campesina más grande del mundo— para que circularan libres, de mano en mano, sin que nadie tuviera que comprárselas a ninguna empresa. “Que las semillas sean libres”, declararon, “para que los pueblos libres florezcan.”
Porque esa es la pregunta que va creciendo debajo de todo lo que hemos contado. Si la milpa alimenta así de bien —a la tierra, a la gente, a las abejas—, si hasta un maíz de Oaxaca sabe fabricarse el nitrógeno del aire… ¿por qué estamos sembrando de otra manera?
La respuesta corta es que, en algún momento, se impuso otra lógica. En vez de sembrar comunidades, empezamos a sembrar soledades: kilómetros de una sola planta, idéntica, hasta donde alcanza la vista. Es lo que llamamos monocultivo, y no hay que ser ingenuos: produce. Produce toneladas, llena camiones, alimenta ciudades. Negarlo sería mentir, y este texto no va de mentir.
Pero un monocultivo es, por definición, una milpa a la que le arrancaron a todos sus aliados. Sin frijol que traiga nitrógeno, hay que comprarlo en costal, fabricado a fuego y presión como vimos al principio. Sin diversidad que confunda a las plagas, hay que comprar veneno. Sin la vida del suelo —esa economía subterránea que tanto nos maravilló—, la tierra se vuelve un sostén inerte al que hay que alimentar de fuera, por goteo, para siempre. Lo que era una comunidad que se sostenía sola se convierte en un paciente conectado a un suero. Y los sueros cuestan.
El más famoso de esos sueros es un herbicida: el glifosato. Aquí conviene pisar con cuidado, porque es un tema donde casi todos gritan y pocos informan. Esto es lo que sí sabemos: la IARC, la agencia de cáncer de la Organización Mundial de la Salud, lo clasificó en 2015 como “probablemente cancerígeno para humanos”. Y esto es lo que también sabemos: otras agencias de peso, como la de Estados Unidos y la europea, lo consideran seguro a las dosis de uso normal —tanto, que la Unión Europea renovó su permiso en 2023 por diez años más—. ¿Quién tiene razón? La verdad incómoda es que la ciencia todavía no cierra ese debate. Quien te venda certeza absoluta, de un lado o del otro, te está vendiendo algo que no existe.
Pero ese debate —el de si es seguro comer las trazas que quedan en los alimentos— se salta a la comunidad que de verdad está expuesta: la que lo aplica. Una cosa es la dosis mínima que llega a tu plato, y otra muy distinta es la del campesino que carga la mochila, lo rocía sin equipo de protección y lo respira jornada tras jornada. Ahí la evidencia pesa más: los casos que Monsanto perdió en los tribunales —como el del jardinero Dewayne Johnson, con un linfoma terminal— eran de aplicadores, no de consumidores. Y en México no hay que ir lejos: se ha encontrado glifosato en la orina de campesinos —en Campeche, al doble del nivel de quienes no lo aplican— e incluso en la de niños de comunidades rurales de Jalisco, donde un estudio halló glifosato en la orina del cien por ciento de los menores analizados. Que ese glifosato en el cuerpo les cause cáncer todavía se discute; que lo carguen en cantidades muy por encima del resto, no.
Y aun así, para no caer en el panfleto, hay que decir lo incómodo: prohibir el glifosato a secas no salva a ese campesino. Es de los herbicidas de menor toxicidad aguda que hay, y si el modelo no cambia, quitarlo puede empujar a los agricultores hacia venenos mucho peores —varios prohibidos en decenas de países y todavía legales aquí—. Y hay algo aún más honesto que reconocer: nosotros mismos, en la milpa de mi infancia, tirábamos urea. Esto nunca fue una historia de “lo natural bueno, lo sintético malo”. Sería fácil, y sería falso.
El problema no es una molécula. Es un modelo.
Porque lo que de verdad encadena no es el veneno, sino la dependencia. La semilla mejorada es un producto comercial que muchas veces no puedes reusar. Si es híbrida —como buena parte del maíz comercial que se siembra en México—, sus hijas salen desiguales y rinden mucho menos, así que hay que comprarla otra vez cada ciclo. Si es transgénica y patentada, además la ley prohíbe resembrarla. En México, de hecho, la siembra de maíz transgénico está prohibida por la Constitución, para proteger la enorme diversidad de maíces nativos de la que ya hablamos; el país lo importa, pero no lo cultiva. En cualquier caso, la semilla deja de ser algo que guardas y se vuelve algo que rentas, temporada tras temporada, a la misma empresa que te vende el herbicida que esa semilla aguanta. El suelo, malacostumbrado, ya no sabe producir sin ayuda química. Y el agricultor queda atado a una rueda que gira cada vez más rápido: más insumos, más gasto, más deuda. La milpa no le pide permiso a ninguna trasnacional; el monocultivo, sí.
¿Y todo esto al menos le deja más dinero en el bolsillo a quien siembra? Ni eso. El propio Conahcyt —la agencia científica del Estado mexicano, hoy convertida en Secretaría (Secihti)— comparó parcelas con y sin glifosato en catorce estados y encontró que, sin él, los productores no ganaban menos: ganaban más. En las escuelas de campo que dejaron el herbicida, el rendimiento del maíz subió y los costos bajaron. Y mientras las importaciones de glifosato caían, la producción nacional se mantuvo, incluso durante la peor sequía en más de ochenta años. Aquel “las semillas mejoradas producen más” era, en buena medida, un cuento que le convenía a quien vende el paquete completo.
Y todavía falta la factura más cara de este modelo. La que no se paga en dinero, ni en suelo, sino en gente.
Un monocultivo produce, ya lo dijimos. Pero produce, ¿para quién? No, desde luego, para quien lo cosecha. En México hay más de dos millones de jornaleros agrícolas; la mayoría vive en la pobreza y una enorme parte pasa hambre —quienes levantan nuestra comida son, muchas veces, los que peor comen—. Cuatro de cada diez son indígenas, y no faltan las niñas y los niños que conocen el surco antes que el salón de clases. No es un problema solo nuestro: la misma lógica ordena los campos del norte y los invernaderos de otros continentes, donde quien cosecha suele ser, otra vez, el migrante más desprotegido. La misma tierra que en la milpa reparte, en este modelo despoja: al suelo, a las abejas y también a la gente. Que coman bien quienes nos dan de comer no debería ser una exigencia radical: debería ser lo mínimo.
Y aquí toda esta historia se cierra sobre sí misma. Porque lo que hemos venido contando —el frijol y su bacteria, el mezquite y sus abejas, las micorrizas que le pasan fósforo a la planta, el maíz de Oaxaca fabricándose el nitrógeno del aire en la baba de sus raíces— tiene un solo hilo, y la biología le puso nombre: simbiosis. Vivir juntos, dando y recibiendo, porque nadie prospera en soledad. La milpa entera es eso: una red de alianzas, casi todas invisibles, tejida bajo nuestros pies.
Y esto es lo que casi siempre olvidamos: nosotros también estamos en esa red. Cuando te comes un taco, te estás comiendo el nitrógeno que una bacteria le arrancó al aire, el fósforo que un hongo rescató del fondo de la tierra, la luz que una hoja atrapó. Y a cambio, somos nosotros quienes sembramos ese maíz, lo cuidamos y lo hacemos renacer cada año —tanto, que el maíz ya ni siquiera sabe reproducirse solo: sin nuestras manos que desgranen la mazorca y la vuelvan a sembrar, desaparecería—. No somos los dueños de la milpa: somos un socio más. El último eslabón de una alianza que empieza en unas bacterias que jamás veremos. La simbiosis definitiva no es la del frijol con su rizobio: es la nuestra, con todo lo que nos da de comer.
El otro modelo es su reverso exacto: toma y no devuelve. Vacía el suelo y lo repone con químico; borra la diversidad y la sustituye con veneno; exprime a la gente y no le devuelve nada. Extracción donde había reciprocidad. Y lo más absurdo es que ni siquiera hacía falta: ya vimos que se puede producir —y hasta ganar más— sin ese despojo. La milpa lleva milenios demostrándolo.
Al final, la simbiosis más grande es la nuestra: la que tenemos con todo lo que nos da de comer.
Yo aprendí todo esto sin saberlo, de niño, en un terreno con mezquites, con los pies deshechos dentro de unos huaraches de suela de llanta, comiéndome la goma dulce del árbol y los tacos de la canasta de carrizo. Crecí queriendo esa tierra. Lo confieso, para que sepas desde dónde te escribo —y para que sepas que, precisamente por ese cariño, me obligué a mirar la evidencia con lupa y no con nostalgia—.
La milpa no es folclor ni es pasado. Es una de las tecnologías más sabias que hemos tenido, y la respuesta a preguntas que apenas hoy la ciencia se anima a hacer. La cuidó gente humilde durante miles de años. Desde enantes, diría mi abuelita. Ojalá sepamos no perderla.
🦠🔮 Elige tu experiencia: rizobio o tarot de la milpa
🎵 Para escuchar
La milpa también se canta. Estas canciones llevan décadas contando lo mismo que este artículo, solo que con música. Escúchala en orden: cuenta la misma historia.
Para saber más
Fijación de nitrógeno en el maíz
- Van Deynze, A. et al. (2018). Nitrogen fixation in a landrace of maize is supported by a mucilage-associated diazotrophic microbiota. PLOS Biology 16(8): e2006352. El estudio del olotón mixe y su mucílago fijador de nitrógeno; también estima que los fertilizantes de síntesis consumen ~1-2% de la energía mundial.
Glifosato: clasificación y exposición
- IARC (2015). IARC Monographs, vol. 112. La clasificación del glifosato como “probablemente cancerígeno para humanos” (Grupo 2A).
- Peregrina, A., Lozano, F. y González, H. (Universidad de Guadalajara / CIESAS Occidente, 2018–2019). Estudio en El Mentidero, Autlán de Navarro, Jalisco: glifosato en la orina del 100% de los menores analizados.
Alternativas sin glifosato
- Conahcyt (hoy Secihti). Plataforma “Producción sin glifosato”. Encuesta Nacional sobre Uso de Glifosato (2022) y resultados de las escuelas de campo agroecológicas.
Jornaleros y despojo del maíz nativo
- Según CONEVAL (2022), en México había 2.3 millones de jornaleros agrícolas en 2022, de los cuales el 60.5% vivía en situación de pobreza. La carencia por acceso a la alimentación nacional entre esta población rondaba el 30-35%, pero en municipios concentrados en Tabasco, el sur de Veracruz, el norte de Oaxaca y la Sierra Madre Occidental, alcanzaba el 80% o más (CONEVAL, 2022, p. 99).
- Kloppenburg, J., Calderón, C. I. y Ané, J.-M. (2024). The Nagoya Protocol and nitrogen-fixing maize: Close encounters between Indigenous Oaxacans and the men from Mars (Inc.). Elementa: Science of the Anthropocene 12(1): 00115.
- Animal Político (2018). El reportaje que destapó el caso del maíz olotón y el acuerdo con Mars Inc.
- EDUCA Oaxaca. Documentación del caso como biopiratería y del papel del Protocolo de Nagoya.
