Divulgación científica
Contra la pared, mi amor
Me tropecé por andar viendo flores.
Iba caminando despacio, con la cabeza levantada, mirando un tabachín. Para mí no hay árbol más bonito. Son como paraguas gigantes puestos a arder, y cuando les da por florear no se contienen: se derraman. Es como si tanta hermosura ya no les cupiera dentro y tuvieran que ir tirando flores por la calle, un desdén que no cualquiera se puede dar. Por algo en otras partes les dicen flamboyanes, del francés flamboyant, “flameante”. Árboles de fuego.
Y ni siquiera son de aquí: llegaron de Madagascar, del otro lado del mundo, y hoy no hay calle tapatía que se entienda sin ellos. Son primos del frijol —se les nota en las vainas leñosas que cuelgan—, aunque este pariente le sacó la vuelta al negocio de la familia: no hace tratos con las bacterias que fijan nitrógeno, esas de las que ya te conté por acá. Un desdén más.
En Guadalajara, donde viví años, las calles están llenas de ellos, encendidos a media cuadra y regalándole sombra al que pase. Y no hay nada, pero nada, como unos tacos de barbacoa a la sombra encendida de uno de esos. Alcurnia de banqueta.
Total que iba yo en la luna, con la pupila encendida y la barriga llena, cuando el suelo dejó de estar donde debía y me fui de bruces hocico.
Me giré para buscar al culpable, y no era una piedra suelta: era una raíz. Una raíz del mismo tabachín que venía admirando, que había levantado la banqueta entera, el concreto hinchado y partido desde abajo, como si ahí abajo estuviera creciendo un volcán, a milímetros por año.
Lo primero que hice, por supuesto, fue voltear a ver si alguien me había visto. Lo segundo, limpiarme las rodillas. Y lo tercero ya fue quedarme ahí, en cuclillas, más tiempo del que quiero admitir. Concreto. Toneladas de concreto, rendidas ante algo que no tiene músculos, ni manos, ni prisa. Una raíz abriéndose paso hacia afuera, sin ruido y sin fecha, empujando cada día un poquito más.
Desde entonces veo plantas rompiendo cosas por todas partes. Nos acechan, en serio: asómate a tu jardín, a la jardinera del parque del kiosco, a la barda del vecino. Un tallito que levantó una loseta. Un arbolito que nació en una grieta y con los años la abrió como quien abre una herida. Un árbol viejo cuyas raíces levantaron el piso a su alrededor, como olas de cemento congeladas.
Y las hay que ya doblaron cosas que creíamos indestructibles. Habrás visto ramas leñosas que con los años torcieron una defensa de metal —de esas que se ponen, supuestamente, para proteger a las plantas—. El acero: nuestro material más orgulloso, el de los edificios y los barcos, vencido despacito por unas ramas que ni se despeinaron.
Y si quieres verlo en grande, ve a una ciudad maya. Ahí están las ceibas y los higuerones montados sobre los templos, con las raíces metidas entre los bloques de piedra, empujándolos hasta desacomodarlos. Palacios que aguantaron siglos de guerras y de abandono, desarmados sin clemencia por unas raíces. Lo que ninguna civilización pudo tumbar, lo tumbó una semilla que le cayó encima.
Volvamos a mí, en cuclillas sobre la banqueta rota.
Ahí me dio por preguntarme qué tiene ese árbol que no tenga yo. Flores en la cabeza, para empezar. Pero también: ni un músculo, ni un hueso, ni un tendón, ni nada que se parezca a una herramienta. Y aun así levantó esa loza.
Y de paso me pregunté otras cosas menos científicas. Que a ver cuándo van a arreglar esta banqueta. Que si lo correcto sería mudar el árbol, aunque mudarlo a estas alturas sería un arboricidio con todas sus letras.
Y luego, otra vez, la raíz. Ya para entonces era evidente que había podido más que el concreto. ¿Cómo es posible?
Millones de esqueletos
Para contestarme eso tuve que acordarme de algo que se me olvida seguido, aunque me dedique a ello: un árbol no es una cosa. Es un montón de cositas vivas apiladas. Millones y millones de células, tan chiquitas que en el punto final de esta oración cabrían unas cuantas.
Y ahí está la primera diferencia entre ese tabachín y tú.
Tus células andan encueradas. Son bolsitas blandas, y por eso tú necesitas un esqueleto por dentro: uno solo, centralizado, más de doscientos huesos cargando con toda tu hermosura. Las plantas resolvieron lo mismo al revés. No tienen ni un hueso. Le dieron a cada célula su propia armadura, individual, hecha a la medida y cementada con la de al lado.
Nosotros traemos un esqueleto; ellas traen millones.
A esa armadura le decimos pared celular, y de ella se desprende todo lo demás.
El agua contra la pared
Vale la pena empezar por el problema que esa pared vino a resolver, porque es cosa de vida o muerte y a nosotros también nos toca.
Cualquier célula —la tuya, la del tabachín, la de cualquier bicho— está llena de cosas disueltas: sales, azúcares, proteínas. Y su piel, la membrana, deja pasar agua para los dos lados, pero no deja salir lo que trae disuelto.
Eso tiene una consecuencia inevitable. El agua siempre se mueve hacia el lado que está más cargado de cosas disueltas —sales, azúcares—: se va para allá como si quisiera igualar la cantidad de agua libre en los dos lados, aunque nunca lo logre. Y como adentro de una célula hay muchísimo disuelto, el agua de afuera se le mete. Siempre. Sin que nadie la empuje y sin que nadie pueda pararla. A eso le decimos ósmosis, del griego ōsmós: empujón.
La pregunta interesante no es por qué entra. Es cuándo deja de entrar.
Una célula tuya tiene una sola salida: diluirse. Entra agua, se diluye, entra más, se diluye más, hasta que adentro y afuera se parecen lo suficiente y la cosa se calma. Suena razonable, pero en agua limpia no le alcanza el camino: se hincha, se estira y truena antes de llegar. Es un experimento de secundaria —unas gotas de sangre en agua destilada y los glóbulos rojos revientan— y es medio inquietante cuando uno lo piensa: andas por la vida con billones de células que solo siguen enteras porque el caldo en el que flotan trae la concentración exacta para no hacerlas estallar.
La célula del tabachín encontró otra salida.
Como su pared no la deja hincharse, el agua que va entrando la aprieta. Y conforme la aprieta, esa presión empuja de regreso, en contra de la que todavía quiere meterse. Hasta que le pone un hasta aquí.
Fíjate bien en lo que eso significa, porque es la clave: el agua se detiene, sí, pero no porque adentro y afuera se hayan emparejado. Nunca se emparejan: adentro de la célula siempre hay más cosas disueltas que en la tierra de afuera, así que el agua nunca deja de tener motivos para entrar. No se detiene porque ya no quiera meterse. Se detiene porque la pared, apretando de vuelta, no la deja meter ni una gota más.
Léelo otra vez, porque es la clave de todo lo que sigue:
La pared no está ahí para aguantar la presión. Está ahí para crearla. Sin ella, la célula no se presuriza: se diluye hasta reventar.
Y esto no se le ocurrió nada más a las plantas. Los hongos también se amurallaron —su pared es de otro material, el mismo del caparazón de un camarón—, y las algas, y casi todas las bacterias. Las células de los animales —las tuyas, por ejemplo, y sin ofender— son en realidad la rareza: andan encueradas, sin pared, resolviendo la vida a otra manera.
Y fíjate lo que le hizo la pared a las plantas. Las amarró al piso para siempre, sí, pero a cambio les dio con qué levantarse a presión sin reventar. De ahí salió todo lo que vino después: los tallos, los troncos, los bosques, la posibilidad misma de crecer hacia arriba y hacerse enormes. Un árbol de sesenta metros existe porque en algún momento una celda diminuta se encerró en su propia pared.
La fuerza más subestimada del mundo
¿Cuánta presión? Hasta cinco veces la de la llanta de tu coche —o, si lo prefieres en aire: como diez veces la presión atmosférica que traes encima ahorita mismo sin sentirla—. En cada celdita. Todos los días. Ahí quietecita, como si nada.
Una lechuga, bien vista, es un montón de cámaras a presión fingiendo ser comida.
Y tú ya la sabes medir, aunque nunca te lo hayan dicho así. Cuando muerdes una manzana y truena, ese ruido son miles de celditas reventando entre tus dientes y soltando de golpe el agua que traían presurizada. Por eso una fruta bofa o una lechuga aguada no te dan confianza: no están sucias ni podridas, están despresurizadas. Y por eso la firmeza de una hoja, de un pétalo, de un tallo tierno no viene de que sean duros —viene de que están inflados—. Una planta marchita no se enfermó: se le fue la presión, como a una manguera cuando cierras la llave.
Ahora multiplica: millones de esas cámaras, apiladas en una raíz, empujando parejo hacia el mismo lado, todos los días, durante diez años.
La banqueta nunca tuvo oportunidad.
Blindada con azúcar
¿Y de qué está hecha la pared que aguanta semejante empujón? De azúcar.
La misma glucosa dulzona de la fruta, encadenada en hilos larguísimos hasta volverse cable. Se llama celulosa, es el material más abundante que fabrica la vida en este planeta, y la tienes en la mesa, en el papel de un libro y en el algodón de lo que traes puesto.
¿Y de dónde sale tanta azúcar? De allá arriba, de las hojas, que la fabrican con tres cosas: luz, agua y aire. Sí, aire: casi todo el carbono con el que está hecho ese tronco enorme lo fueron sacando, molécula por molécula, del dióxido de carbono que flota a nuestro alrededor.
Un árbol es, en buena medida, aire endurecido.
La máquina que camina
¿Y quién construye la pared?
La fábrica va montada en la propia membrana de la célula. Es una máquina que hila celulosa y la va sacando hacia afuera, y conforme la saca se desplaza, empujada por su propia fibra: avanza en línea recta sobre la piel de la célula, dejando atrás el cable que acaba de fabricar. Y no hila un hilo suelto: saca dieciocho a la vez, que salen ya trenzados. Cada fibra de la pared son dieciocho hebras que nacieron juntas.
Y esta que ves aquí no está sola. Miles de estas máquinas viven repartidas por toda la piel de la célula, cada una tejiendo su propio cable, cada una caminando su propia ruta. La pared entera no es más que la suma de todos esos caminos cruzándose.
A esa máquina le decimos celulosa sintasa, sin mayor misterio: sintetiza celulosa. Y aunque le diga máquina, no te la imagines de metal: es un puñado de proteínas, materia blanda y sin motor, que aun así hila, camina y sabe hacia dónde. La vida está repleta de estas maquinitas, hechas de la misma materia común y corriente de la que estás hecho tú. Que un montón de materia sin vida se junte y de pronto se comporte como si supiera lo que hace es, para mí, lo más alucinante que existe. Cómo está armada esta por dentro no lo supimos hasta 2020, cuando por fin lograron congelarla y verla a escala atómica.
El problema de crecer
Ahora, si esa pared es tan resistente, aquí aparece un problema que no es nada obvio: ¿cómo le hace la célula para crecer?
Porque crecer, para ella, es inflarse: llenarse de agua hasta ponerse decenas de veces más grande. Pero está encerrada en una pared que no da de sí. Y no se la puede quitar, porque es justo lo que evita que reviente.
Tiene que aflojarla. Sin romperla. Con toda esa presión de varias llantas empujando desde adentro.
Lo que hace suena a locura: se echa ácido a su propia pared. Unas bombas de su membrana acidifican justo el pedazo que quiere agrandar, y ese ácido despierta a unas proteínas que la célula tenía guardadas ahí, entre las fibras, esperando el momento. Se llaman expansinas.
Y no cortan nada. No rompen, no digieren, no disuelven. Lo único que hacen es dejar que unas fibras resbalen sobre otras, lo justo para que la pared ceda y la presión de adentro haga el resto.
Y no trabajan sobre toda la pared, sino en puntos muy concretos: ahí donde unas fibras se cruzan con otras y se quedan trabadas. Desamarran esos nudos —unos cuantos, contaditos— y con eso basta para que toda esa zona empiece a estirarse.
Crecer es un latido
Falta una pieza, y es la que le da ritmo a todo.
Si la célula nada más aflojara y se estirara, su pared se iría adelgazando con cada estirón hasta romperse. Así que mientras unas fibras se sueltan, aquellas celulosa sintasa —las tejedoras caminantes— van poniendo fibra nueva justo ahí, pegada a la membrana. Se afloja y se repone al mismo tiempo.
¿Y quién dice cuándo parar? El propio estirón.
Cuando la pared cede de más, la membrana se tensa, y esa tensión abre unos poros por los que se cuela calcio desde afuera. La célula lo tiene siempre del otro lado de su piel, casi sin nada adentro, justamente para poder usarlo de alarma. En cuanto entra, apaga las bombas que andaban echando ácido. Sin ácido, las expansinas se duermen. La pared se vuelve a apretar, la célula repone material y queda lista para el siguiente estirón.
Afloja y se estira. Frena y se repone. Afloja y se estira.
Eso no es un empujón. Es un pulso.
Esto se ve clarísimo en las células que crecen empujando por la punta —un pelito de raíz, por ejemplo—: ahí el pulso está bien documentado, casi cronometrado. En el resto de las células, las que se alargan parejo en vez de por la punta, se sospecha que crecen de un modo parecido, aunque el mecanismo exacto todavía se discute.
De cualquier forma: una célula vegetal casi nunca crece de corrido. Late, o hace algo bastante parecido a latir.
Y está pasando ahorita mismo: en la punta de cada raíz de ese tabachín, en cada pelito radicular buscando agua entre la tierra, en cualquier semilla que esté abriéndose paso ahí afuera. Ahorita, mientras lees.
Morirse a propósito
Y cuando a algunas de esas celditas les llega su turno, hacen algo que no tiene comparación en nuestro mundo: se preparan para morirse, y lo hacen a propósito.
Primero refuerzan su pared. La van rellenando de lignina, un material que se mete entre las fibras y las suelda hasta dejar todo tieso, impermeable y casi indestructible. Es el segundo material más abundante que fabrica la vida, después de la celulosa, y es el invento que le permitió a las plantas crecer hacia arriba. Sin lignina no habría troncos, ni bosques, ni sombra. Habría musgo.
Y luego, ya reforzada, la célula se vacía. Desmantela su propio interior, lo desarma pieza por pieza, y deja nada más el cuarto hueco.
No se muere de vieja ni de cansada. Se muere porque hace falta que se muera.
Porque ese cuarto vacío, multiplicado por millones y apilado hacia arriba, sirve para dos cosas al mismo tiempo: es la columna que sostiene al árbol entero, y es la tubería por donde sube el agua.
El agua que alimenta cada flor de ese tabachín viaja por dentro de los cuerpos vacíos de sus antepasadas.
Eso es la madera. La mesa donde comes, la silla en la que estás sentado, el lápiz, la puerta de tu cuarto.
Que una mesa esté muerta no sorprende a nadie; lo que sorprende es que la madera de adentro de un árbol vivo también lo esté. Y con un detalle más fino todavía: ni siquiera todos esos cuartos vacíos siguen sirviendo de tubería. Nada más los anillos de afuera están pasando agua. Los de más adentro, el corazón del tronco, ya están sellados y jubilados: se llenaron de resinas que los oscurecen, los perfuman y los vuelven resistentes a los hongos —esa es la madera fina, la que se cotiza—, y ahí ya no sube nada. Ese corazón nomás carga. En cambio la madera de más afuera todavía trabaja: además de subir el agua, entre sus tubos muertos hay unas pocas células vivas repartidas, que le sirven al árbol de alacena. Ahí guarda provisiones, y de ahí las saca cuando llega la hora de reventar en flores.
Esa alacena es apenas un puñado de células vivas, perdidas entre tubos muertos. Pero la que de verdad fabrica —la que hace crecer el tronco, la que engorda cada anillo— es otra: una película delgadita, de unas cuantas células de grosor, escondida justo debajo de la corteza. Se llama cámbium, del latín cambiare: cambiar, la misma raíz de “cambio” y de “canje”. La capa donde el árbol se renueva. Eso, más las hojas y las flores, es todo lo que respira en un árbol.
Y esa pared, la de esta capa viva, no es nada más soporte y esqueleto. Porque justo entre ella y la membrana —la piel de la célula, su verdadera frontera con el mundo— hay un resquicio finísimo que no está vacío ni quieto. Ahí pasan cositas todo el tiempo: recados y fragmentos que las células se mandan unas a otras, avisos que llegan de más afuera todavía. Cementada y sin poder moverse, es en esa orilla donde la planta se entera del mundo y decide qué hacer. Sin ojos, sin oídos, sin dar un paso. En toda la madera muerta que la rodea, en cambio, ya no pasa nada de esto —ahí ya no hay quién escuche—. Pero cómo lo hace la que sí está viva es otra historia, y la vamos a contar pronto.
Un tabachín entero se sostiene sobre una capa viva que podrías raspar con la uña.
Un árbol no tiene dos maneras de hacer las cosas. Tiene una sola, y con ella te rompe el piso y se prende en flores el mismo día. Toma la luz, el aire y el agua, y los vuelve azúcar; con el azúcar teje su pared, sigue acumulando agua, fabrica presión. Y cuando la pared se resiste, cede un poco. Lo justo para crecer. Luego vuelve a tejerse. Así, una y otra vez, sobre las células que murieron antes y que todavía sostienen a las que están vivas.
Ojalá yo tuviera esa turgencia.
Por eso ahora, cuando veo una banqueta rota, toda destruida, me río. Ya sé lo que hay debajo: una multitud de células contra la pared, haciendo lo único que saben hacer. Empujar. Ceder. Crecer.
Con su desdén último, una flor se suelta de la copa. Giro apenas la cabeza y la sigo: baila en espirales, turbulenta, y cae dos metros más allá, sobre la banqueta todavía intacta.
Ya no tiene nada que aguantar.
Vuelvo a mirar la banqueta rota, y estiro la mano hasta la corteza. Ahí, o eso quiero creer, siento un pulso. Y no me cabe duda: va a seguir floreando.
Contra la pared, mi amor.
Sigue creciendo.
Yo también.
Foto: Paulus_a, vía iNaturalist, CC BY-NC 4.0.
🧵 Ahora pruébate: ¿aguantas o revientas?
Para saber más
La pared: de qué está hecha y quién la cose
- Purushotham, P., Ho, R. & Zimmer, J. (2020). Architecture of a catalytically active homotrimeric plant cellulose synthase complex. Science 369, 1089–1094. La estructura de la máquina que hila la celulosa, y de dónde sale la cuenta de los dieciocho hilos.
- Paredez, A. R., Somerville, C. R. & Ehrhardt, D. W. (2006). Visualization of cellulose synthase demonstrates functional association with microtubules. Science 312, 1491–1495. Los videos donde se ve a la maquinita caminar por la piel de la célula mientras teje.
Cómo crece una célula amurallada
- McQueen-Mason, S., Durachko, D. M. & Cosgrove, D. J. (1992). Two endogenous proteins that induce cell wall extension in plants. The Plant Cell 4, 1425–1433. El trabajo donde nacieron —y se bautizaron— las expansinas.
- Cosgrove, D. J. (2024). Plant cell wall loosening by expansins. Annual Review of Cell and Developmental Biology 40, 329–352. Por qué, después de tres décadas, su mecanismo sigue abierto.
- Park, Y. B. & Cosgrove, D. J. (2012). A revised architecture of primary cell walls based on biomechanical changes induced by substrate-specific endoglucanases. Plant Physiology 158, 1933–1943. De aquí sale la idea de los nudos críticos: que un puñado de uniones mande sobre todo el tejido.
La presión
- Ali, O., Cheddadi, I., Landrein, B. & Long, Y. (2023). Revisiting the relationship between turgor pressure and plant cell growth. New Phytologist 238, 62–69. Por qué medir la presión de una célula sin reventarla sigue siendo un problema abierto.
